Algunos pasajes de El evangelio según Van Hutten
de Abelardo Castillo (argentino)

El doctor Golo sacó una pequeña pipa curva del bolsillo de su chaleco.
-Eso me gusta -dijo sin mirarme, mientras la cargaba delicadamente de tabaco-. Me gusta mucho. Le hablo como médico y como moralista. El trabajo es el síntoma de una enfermedad. Tanto que ya hay una disciplina científica destinada a su estudio. El trabajo es el síntoma de una enfermedad del alma: trabajamos porque hemos pecado.
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Terminó de maniobrar con la pequeña pipa y, mirándome, hizo una pausa perfectamente deliberada. -Ni periodista... -Encendió la pipa y siguió hablando con toda naturalidad. -Quiero decir que si llegó a este lugar en busca de inspiración, o de reportajes sensacionales, cometió un error. La naturaleza no es noticia ni nos deja imaginar nada. Por eso es tan aburrida la poesía pastoril.
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En la hostería de Frau Lisa, como ya dije, volví a encontrarme con el doctor Golo. Cuando se acercó a la mesa yo estaba fumando mi pipa. Es una gran pipa noruega, de raíz de enebro, y no tengo por qué ocultar que, al menos hasta esa tarde, me sentía bastante orgulloso de ella.
-Formidable cachimbo -dijo el doctor Golo-. Esa pipa es una desconsideración, un artefacto. Demasiada cazoleta. Se le van a caer los dientes. Casi me quita la simpatía que me causa verlo fumar en pipa. ¿Ya consiguió dormir de noche?
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El doctor Golo ni pestañeó. Sacó su pequeña pipa curva, tomó mi tabaquera de encima de la mesa, la olió.
-Usted es una persona frontal, señor mío. Usted entra directamente en materia sin dar ningún rodeo.
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El doctor Golo encendió finalmente la pipa con mi tabaco.
-Otro punto a su favor -dijo-, sabe elegir el tabaco.
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Yo armaba mi pipa y tenía los ojos bajos, pero pude sentir que los dos hombres me miraban con fijeza.
-Explíquese mejor.
-Que si se trataba realmente del hijo de Dios, no tenía por qué andar dejando rastros históricos. Nunca hay pruebas de Dios.
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Van Hutten se sirvió ginebra. Yo me tomé bastante tiempo para encender la pipa.
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Tratando de serenarse, apagó la luz y encendió su pipa. Abajo se veía una calle sinuosa y desierta, de casas blancas y bajas.
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Por lo visto, la predilección por los efectos inesperados era una característica familiar. Eso fue exactamente lo que dije, mientras recogía la pipa que se me había caído sobre la alfombra.
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La página siguiente del Diario ha sido arrancada. En la continuación, la atmósfera de la celda parece distinta. El arqueólogo está sentado frente al padre Servando, fuma su pipa y, sobre la mesa que los separa, hay una botella de vino español, casi vacía.
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Hágame un favor, encienda su pipa -agregó casi sin cambiar de tono; su voz era tan neutra que tardé uno segundos en entenderlo-. Sí, la pipa. Hace años que dejé de fumar, pero me gusta sentir el olor del tabaco.

Fuente:
www.elortiba.org