El calumet de paz
de Charles Baudelaire (francés)


I
Y Guitchí Manitú, el Señor de la Vida,
Descendió de los cielos a visitar la pradera florida,
la infinita pradera de cerco montañoso;
y allí, entre las rocas, en el rojo camino,
bañado en resplandores el semblante divino,
se mantenía en pie vasto y majestuoso.

Entonces convocó a las razas terrenas
más numerosa que la hierba y la arena:
con su mano terrible golpeó en la montaña,
tomó un pedazo enorme de piedra con un hoyo,
se hizo una pipa y luego, llegándose a un arroyo,
para labrarle un mango cogió una larga caña.

La cargó lentamente con tabaco y con sauce,
y él, que es de toda fuerza el origen y el cauce,
encendió a solas, como un divino fanal,
La Pipa de la Paz. Y en pie sobre el camino,
fumaba, el rostro lleno de Luz del Destino:
para todos los pueblos era la gran señal.

Lentamente subía la humareda divina
en la ondulosa y tibia dulzura matutina.
Primero, fue un gran haz de cenicientos velos,
después el vapor se hizo más azul y más denso,
después, fue blanqueando y por el aire inmenso,
murió, al fin, en el dombo glorioso de los cielos.

De las más altas cimas de los montes rocosos,
de los lagos del Norte, hondos y fragorosos,
desde Tawascuth , el valle sin igual,
hasta Tuscoloosa, la selva perfumada,
todos vieron la inmensa humareda sagrada
que ascendía rompiendo la paz matinal.

Los profetas decían: ¿No advertís esta banda
de humo, que parecida a la mano que manda
oscila y tiembla, en negro, sobre el solar reflejo?
Es Guitchí Manitú, el Señor de la Vida,
que dice, dominando la pradera florida:
¡Guerreros de mis pueblos, yo os convoco a consejo!

Por las sendas del agua, por la paz de los llanos,
por los cuatro caminos de los vientos hermanos,
los guerreros formando, multitud infinita,
pendiente sus espíritus del celestial antojo,
vinieron dócilmente hasta el camino rojo,
de Guitchí Manitú acudiendo a la cita.

Llenaban los guerreros la pradera florida
con sonoro aparato y apostura aguerrida,
más pintarrajeados que follaje otoñal;
y el odio que a los hombre hace luchar airados,
el odio de sus padres y sus antepasados
ardía en sus pupilas como un fuego ancestral.

Fulguraban sus ojos como antorchas de guerra,
y Guitchí Manitú, el Señor de la Tierra,
les contempla a todos con un dolor profundo;
como un padre piadoso que de todo se olvida,
cuando ve de sus hijos la lucha fraticida;
de igual modo Guitchí Manitú mira el mundo.

Tendió sobre el concurso su potente derecha
para domar su díscola naturaleza estrecha
y refrescar sus fiebres a sombra de su mano;
luego les dijo a todos con voz majestuosa,
parecida a la voz del agua tumultuosa
que, al derrumbarse, hierve con rumor sobrehumano:

II
Oh, mi posteridad, deplorable y querida!
¡Oh, mis hijos, oíd la verdad del Señor!
¡Es Guitchí Manitú, el Señor de la Vida,
quien os habla! El que os hizo encontrar la guarida
del bisonte y el reno, el oso y el castor.

"
Por mi tenéis las artes de la pesca y la caza;
¿por qué el cazador quiere trocarse en asesino?
si mi mano la ruta de vuestra flecha traza,
¿por que no estáis contentos, guerreros de mi raza?
¿por qué el hombre pretende cazar a su vecino?

"
Ya han llegado a cansarme vuestras guerras, humanos,
hasta vuestras ofrendas son un crimen audaz;
vuestra virtud se pierde en sacrificios vanos
y vuestra sola fuerza es la unión: como hermanos
vivid, pues, y sabed manteneros en paz.

"
Pronto recibiréis de mi mano un profeta
que apagar, sufriendo, vuestros guerreros gritos,
toda la tierra, en fiesta, le cantará sujeta;
pero si desdeñáis su enseñanza completa,
¡os borrará‚ del mundo, hijos míos malditos!

"
Lavaos en las fuentes los rostros inhumanos:
la roca está en montones y las cañas en haz;
cada cual puede hacerse una pipa, y las manos
sin sangre, en adelante viviréis como hermanos,
fumando, unidos todos, el Calumet de Paz."

III
Al punto, deponiendo las armas en la tierra
y lavando en las fuentes los afeites de guerra,
que en sus frentes lucían crueles y triunfantes,
cada cual hace un cuenco de pipa en una roca
y hundiendo una caña se la lleva a la boca:
sonría el Espíritu a los hombres amantes.

Cada alma del Consejo se vuelve redimida,
y Guitchí Manitú, el Señor de la Vida,
por la puerta entreabierta sube al cielo glorioso,
en su luz. Nueva luz todo el espacio cobra,
y el Potente ascendía, contento de su obra,
inmenso, perfumado, sublime, radioso!