de La calavera de Atahualpa
de Emilio Carrere (español)

... Ya había arrancado el tren, y Sindulfo pugnaba aún por acomodar sus bártulos en la red. La gran sombrerera amenazaba constantemente con caer sobre los viajeros; la maleta se iba saliendo poquito a poco por el traqueteo del convoy. El espadín acusaba su punta bélica en dirección a un señor flaco, verdoso, con grises barbas hirsutas que contemplaba a Sindulfo con mal disimulado aborrecimiento.
Cuando todo estuvo en su sitio se dejó caer en el diván; pero como el coche estaba mal alumbrado, fue a posarse en las rodillas del viajero verdoso, que gruñó sordamente:
-¡Mire usted dónde pone las patas de atrás!...
Se irguió para contestar dignamente a aquella indelicada alusión, y reconoció con sorpresa la faz biliosa del profesor Reóforo.

Comprendió que debía perdonar aquel impolítico desahogo del académico frustrado y se acurrucó como pudo en el otro extremo. Para distraerse encendió su
pipa, una preciosa pipa que estrenaba en aquel momento, y, como es uso entre los fumadores expertos, mezcló con el tabaco unas cuantas hojas de salvia. Así evita el sabor a madera, pero se levanta una nube de humo espeso y picajoso.

Muy pronto asaltó a los viajeros una tos pertinaz.
-Baje usted los cristales -dijo un señor muy obeso-, que este caballero se ha propuesto colutarnos.
-Es un disparate abrir con el frío que hace -exclamó con voz agria una vieja hundida en un abrigo de pieles.
-Si este caballero quisiera apagar esa chimenea de fábrica... -dijo otro viajero, conciliador.
-¡Y si no quiere, le tiraremos por la ventanilla! -ululó el irascible profesor Reóforo.
Sindulfo, comprendiendo que tenía un ambiente desfavorable, apagó su
pipa, sacudiéndola contra la portezuela. Chispas crepitantes, brasas refulgentes y una nubecilla de ceniza brotaron del depósito, como si hubiese volcado un hornillo infernal.

-¡Este diablo de hombre se propone pegar fuego al vagón!
-¡Debe ser un anarquista! -chilló el señor obeso-. ¡Hay que tocar el timbre de alarma...!
Afortunadamente, pronto se restableció la tranquilidad.
Al llegar a la estación de Pozuelo, el profesor Reóforo se cambia de coche.
-¿A qué irá este jabalí a El Escorial? ¿Se propondrá impugnar mi discurso? Estaré prevenido.

A las dos estaciones todos los viajeros charlaban animadamente. El tren aburre, y es preciso matar el tiempo. La sequedad del primer momento se había desvanecido. Hay una tendencia a confidenciar las cosas más íntimas con el viajero de enfrente. Se cambian cigarrillos, periódicos, lo más exquisito de las mutuas meriendas, en un impulso de latina sociabilidad.

Fuente: www.interplanetaria.com - eldoctorhache.wordpress.com (la imágen es de la revista La novela corta donde este autor publicó el relato El destino payaso)