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El maestro (Cuento del Libro Fronteras) |
No sé cómo me escapé a Praga. Un poco de culpa la tuvo Vaclav, pero debo confesar que el instigador
fui yo. Era casi un niño cuando él vino a casa por primera vez, y les contaba a mis padres cómo
era su vida de pintor bohemio en esa ciudad lejana que, poco a poco, se transformó en un sueño y
un deseo para mí.
Ciertamente me atraía la personalidad de Vaclav mismo, con su barba descuidada, con sus largos ademanes
que trajinaban los itinerarios de humo de una pipa infatigable. La voz ronca le salía de lo profundo del pecho como un
gruñido cavernoso que no se entendía demasiado bien; a mí me hacía imaginar un mundo
extraño de oscuros animales mansos que ronroneaban en lo profundo de una cueva. A veces Vaclav no decía
nada, pero seguía gesticulando con su pipa y me miraba. Cuando fijaba en mí sus ojos claros, una especie de verde
desteñido, me hacía sentir incómodo. Enseguida me ponía colorado y miraba a papá
para ver si se había dado cuenta.
Fui a Praga por primera vez a los diecisiete años. Esperé el verano para que mis padres no estuvieran
en casa. Vino a buscarme el mismo Vaclav, con la excusa de visitar a los abuelos, muy ancianitos los dos y casi
perdidos en su mundo de nostalgias. Me acuerdo que al despedirme, la abuela me dijo con una solemnidad desacostumbrada
y levantando un dedo:
• Cuídate, hijito, cuídate..., que nadie te va a cuidar si no te cuidas tú mismo.
El viaje fue largo. Me mortificaba el silencio de Vaclav, que no me decía nada, ni me miraba siquiera, pero
no dejaba de fumar. Cuando el autobús tomó el camino del río y aparecieron puentes y torres
a lo lejos, dijo apenas un “llegamos” y tosió.
El corazón me latía fuerte. Era temor ante lo desconocido. Quería no pensar que podía
arrepentirme de esta aventura con un hombre extraño, que veía más allá de las cosas.
2
Las primeras imágenes de Praga me resultaron fascinantes, muy distintas de lo que me había imaginado.
Era sobre todo el brillo de los techos, de las cúpulas, del río mismo lo que me resultaba increíble.
Y hasta el cielo no era igual que nuestro cielo del pueblo; el sol le daba una luminosidad dorada que se derramaba
sobre las casas y las calles y corría por el río.
Me di cuenta también que Vaclav, con su pipa y su barba hirsuta, con su cabellera desordenada y entrecana, era un personaje
de esa ciudad, y adquiría mucho más sentido caminando cansinamente las estrechas veredas y los empedrados
desiguales. Su cuerpo grande, envuelto con despreocupación en ropas oscuras y raídas, era la sombra
necesaria para que se pudiera ver, por contraste, la luz de oro de aquel escenario.
- Ésta es mi casa. – Dijo más con el gesto de la pipa que con palabras, mientras me hacía atravesar un gran portal decorado
con largas filigranas de hierro negro.
Subimos una escalera húmeda y estrecha.
• Aquí...
Él entró, yo me detuve con temor casi reverente en el dintel, esperando que él abriera un
ventanuco.
La luz penetró como un remolino en el apartamento, y entonces vi desordenados, como en una danza alocada,
caballetes, cuadros, paletas, pinceles, ropa, que ocupaban todos los espacios de la buhardilla. Sé que Vaclav
me dijo algo, pero yo no podía escucharlo, como si de pronto me hubiera dejado arrastrar por ese baile maravilloso
de colores y no pudiera escuchar ni ver otra cosa. Era un sueño.
Me sentía cansado por el viaje. Vaclav me señaló un colchón que estaba en el piso,
junto a una mesita chorreada de pintura de miles de tonos. Me acurruqué lo mejor que pude, como si tuviera
frío, pero en realidad hacía calor. Por unos instantes escuché los ruidos que hacía
Vaclav ordenando o desordenando cosas, y enseguida me quedé dormido.
Me desperté sobresaltado. Vaclav masticaba su pipa mientras la mirada se le perdía en una tela a medio pintar. Por la
ventanita del techo entraba ahora una luz pálida. Me incorporé. Vaclav me vio y quiso decir algo
que no dijo. Dejó la pipa, volvió a concentrarse en su cuadro. Entonces escuché su voz cavernosa. No me miraba.
• Vamos a caminar. Te quiero mostrar el río.
Tenía hambre, pero acepté la invitación. Casi no podía imaginarme a ese hombre con
tiempo para comer.
La claridad de la mañana nos transformó. Yo me sentía otro, más liviano. Vaclav mismo
se había convertido en un ser transparente. Caminábamos en silencio. Me di cuenta que no traía
su pipa,
pero caminaba ensimismado como si estuviera fumando. De pronto me tomó la mano. Me sentí incómodo,
no tanto por tener que soportar la sensación de esos dedos ásperos y toscos, como por el hecho de
que la gente que pasaba pensaría que yo era todavía un niño. Me conformé considerando,
al fin, que era como el hijo con su padre, y dejé mi mano muerta en su palma sudada.
Llegamos a un puente. Me asombró ver la mañana toda acostada sobre los pliegues del agua. Seguramente
también él se sorprendió porque me soltó la mano y se detuvo a mirar. No sé
si me dijo algo. Yo no dije nada; creí haber conquistado un lugarcito de admiración, que era sólo
mío, para apropiarme de ese cuerpo ondulante que flotaba en el río mientras el oro de los techos
y las torres se iba convirtiendo en un púrpura fulgurante sobre cada remanso.
Volvimos a su buhardilla. El silenció me ayudó a defender la magia de aquellas imágenes.
Se hizo la tarde. Me pareció, después de un largo rato, que la noche espiaba por el ventanuco. A
la luz de un velón comimos un queso salado con pan negro que me resultó algo agrio. Pero no me importó
nada porque me dolía el estómago de hambre. Si Vaclav permanecía ensimismado en sus propias
imaginaciones mientras comía, yo seguía el movimiento borroso de las telas en la penumbra, secretos
pasos de danza que intentaban trazar figura y color por detrás de sus cabellos despeinados.
Después no pude dormir. Aunque en realidad creo que estaba soñando mientras me veía posar
desnudo ante Vaclav y a cada pincelada que él daba, se me encendía un color en el cuerpo, el pecho
amarillo, después un brazo bermellón, los hombros violáceos, un naranja intenso en el sexo,
y la cabeza de un verde luminoso. Casi de improviso se hizo la oscuridad más absoluta.
3
Al despertarme por la mañana, la luz había vuelto a invadir la estancia desordenando todo otra vez.
Vaclav manipulaba unos pomos de óleo. Me llamó la atención un gran cuadro que presidía
el lugar y en el que no había reparado el día anterior, entre caballetes y marcos. Ahora el sol,
entrando por el ventanuco, se había instalado allí. Era el retrato borroso de un señor con
barba desgreñada y cabellos despeinados. Miré a Vaclav. La comparación con su cabeza desprolija
era inevitable. Vaclav se dio vuelta y advirtió mi inquietud. Se sonrió, y me pareció que
era la primera vez que lo veía sonreír, tal vez porque tapaba sus gestos con esa barba siempre tan
enmarañada.
- No soy yo. Es un gran pintor. Rousseau. – Después me volvió a repetir como si no le hubiera entendido.
– Henri Rousseau. – Se volvió a sus pinturas y farfulló algo así como “ojalá fuera
él” .
No dije nada. Sólo bostecé y estiré los brazos. No sé si él se dio cuenta que
ni me había dado los buenos días. Se dio vuelta otra vez e intentó una nueva sonrisa.
• ¿Dormiste bien? – Esta vez su voz no me pareció tan ronca, y hasta había adquirido un tono
de ternura especial.
4
En los días siguientes Vaclav me llevó a pasear mañana y tarde, y siempre me tomaba de la
mano con cuidado, tratando de evitar intencionadamente toda torpeza. No se me ocurría en qué forma
esos dedos gruesos lograban tocar el óleo con tanta delicadeza para hacer pequeños retoques por aquí
y por allá sin usar el pincel. Mi mano se perdía en la suya. Me encontré pensando que algo
de sus fantasías se incorporarían muy lentamente a mi palma e invadirían todo mi cuerpo, hasta
la cabeza. No era necesario hablar.
Esos paseos eran una prueba evidente de su buen humor y de mi entusiasmo. Vaclav advertía mi afán
por conocer callejuelas, edificios y rincones de la ciudad. Caminamos amaneceres y tardes con la avidez de robar
colores, de fijar tonalidades, de registrar fulguraciones y brillos.
Nunca me aburrí de andar por Praga. Lo que me cansaba eran esas largas poses ante sus telas, con el solo
propósito de que él pintara, al fin, garabatos en los que casi ni me podía reconocer. De noche,
a nuestra vuelta de las caminatas, pintaba con velas, y yo no me sentía ya para esos plantones; me exigía
una absoluta inmovilidad en posturas que, en realidad, no eran mías.
Una tarde me había hecho poner un fez ridículo y sobre el pecho desnudo, en el cuello, me colocó
un moño rojo enorme; al mismo tiempo tenía que sostener una rosa carmesí levantando el brazo
para un lado mientras miraba para el otro. En esa posición torturante vino en mi ayuda el retrato desprolijo
de Rousseau. Se desprendió de su chatura de tela, sacudió la cabeza, se arregló la barba y
desplegó su cuerpo detrás de un levitón negro. Se acercó a Vaclav y, sin decir nada,
le fue indicando con un dedo el recorrido de las imágenes. Fue apenas un instante, porque enseguida escuché
su voz cavernosa después de una exhalación ruidosa de humo.
• Para mañana te tengo una sorpresa.
Seguí viendo a Rousseau encerrado en su retrato como antes, y me aguanté la pesada sesión
hasta el fin sin decir ni una palabra, a pesar de que me dolía el brazo derecho que había tenido
tanto tiempo levantado con la rosa. Tampoco dije nada después. Sabía que la sorpresa no se iba a
develar hasta el día siguiente, aunque preguntara.
5
Esa mañana salimos bastante temprano. Me tomó de la mano como siempre. La cabeza de Vaclav rozaba
la altura del cielo todo de azul y oro.
- Vamos al Museo Nacional. Es una sorpresa. – Dijo con los dientes apretados, como siempre que no llevaba la pipa.
No logré imaginarme cuál podría ser la sorpresa. En todo caso, en un museo, la sorpresa sería
más para él que para mí. Hubiera preferido seguir caminando por Praga, pero allí estaba
ante mí la mole del edificio que sostenía el trazado perfecto de todas sus líneas.
• ¿Cuál es la sorpresa? – Pregunté con ingenuidad.
• Ya lo vas a ver – Me contestó apretándome los dedos hasta hacerme doler.
Entramos. Pegué un tirón para soltarme, pero no lo conseguí. Se detuvo y me miró.
• Vas a conocer al mismo señor Rousseau.
- ¿Vive? – Dije enseguida con una entonación medio infantil de la que me arrepentí enseguida.
- No... – contestó casi dudando. – Han hecho una exposición de sus cuadros. Te va a gustar.
Me volvió a apretar los dedos y se sonrió ante mi gesto de dolor.
• Te va a gustar...
Pasamos a un amplísimo salón luminoso y vacío. Luego a otro en penumbra, que me pareció
alto y desolado. Corredores, pasillos, una escalera, finalmente una puerta de bronce. Traspusimos el umbral y se
abrió ante nuestra vista una larga galería en la que se ordenaba una fila interminable de cuadros.
Halos de luz blanca los ubicaban en sus espacios y las pinturas se quedaban en su lugar obedientes, como si estuvieran
hechas para la paciencia.
Sólo advertí que mis dedos se habían entrelazado con los de Vaclav, y me sentí más
seguro caminando así.
Dimos unos pasos con inseguridad. Detrás del primer cuadro se nos apareció un señor de negro,
barba hirsuta y desprolija. Hubiera dicho que era el mismo Rousseau del autorretrato que Vaclav tenía en
su casa. Era casi cómico, y hasta ridículo, el modo de maniobrar la paleta que tenía en la
mano izquierda; la movía tanto que se me hacía por momentos un ramillete de flores o un racimo de
uvas, y hasta la pipa de Vaclav con su remolino de humo gris y blanco. En uno de los movimientos de la paleta vi dos nombres,
y pude leer apenas Clemence y ... no más. El señor cómico no dijo una palabra. Parecía
un personaje arrancado de alguno de esos cuadros, envuelto en cielo de nubes recortadas, puente, muelle, barco
de mástil embanderado. La escena tenía algo de infantil y me hacía recordar las figuras coloridas
de mi niñez en la escuela.
Vaclav me sacudió la mano, esta vez sin apretarme.
- Henri, es él, Henri Rousseau – murmuró doblando la cabeza hacia mí para que el pintor no
lo escuchara. Después me sonrió satisfecho añadiendo: - ¿Y qué tal la sorpresa?
Yo estaba atónito. No sabía para qué lado mirar. Pero estaba seguro de que en cualquier momento
aparecería una fantasía, un sueño o un simple recuerdo de la infancia.
6
Comenzamos el recorrido. Primero por la calleja junto al río, que parecía el paisaje exagerado de
un telón teatral. El aire de la tarde se suspendía entre las nubes dibujadas, sobre una avenida inmóvil,
de colores imposibles, que se abría más allá. Del otro lado la vista era de un espectáculo
detenido en el tiempo, una calesa roja, el caballo tieso, los perros sin un solo movimiento, todos nos miraban
aguardando nuestra llegada. Vaclav me volvió a hacer una seña sin soltarme la mano; tenía
los dedos húmedos.
- “Tío Juniet” - me dijo tratando de que su voz fuera apenas perceptible, pero sin poder simular su carraspera
de tabaco.
Nos acercamos. Ni la calesa ni sus ocupantes se movieron. No nos detuvimos. Pasamos de largo, aunque yo seguía
mirando para atrás con la curiosidad de saber qué estaban esperando. Cruzamos la calle y nos internamos
en el bosque contiguo.
El follaje se había vuelto de un rojo luminoso y sereno. Castaños y fresnos abrían sus ramas
entretejiendo una trama sutil de primavera. Pensé que esos colores eran sólo posibles en un cuadro;
tan irreal me resultaba el paisaje, pero al mismo tiempo tan atractivo y misterioso. No quise decirle nada a Vaclac,
ya que seguía ensimismado y con ritmo firme.
Un grupo de ancianos, muy arropados con formales trajes oscuros, se había organizado para un retrato alrededor
del tronco de un pino talado. Traté de detenerme, por lo menos para obligar a Vaclav a hacer más
lenta la marcha.
- “Una boda” – me sugirió echando un vistazo casi distraído al grupo.
Proseguimos nuestro paseo, pero por un rato no pude despegar la vista de la blancura del vestido de la novia que
contrastaba con el oscurecimiento paulatino de la tarde prendido en las vestimentas de las otras personas. Me acordaba
que esos tonos del atardecer los había visto en muchas de las pinturas de Vaclav.
Mientras seguimos caminando, sentía el crujir verdinegro de la hierba bajo mis pies. Bajé la cabeza
para observar. Lo que estábamos pisando era una extraña alfombra, irreal, oscurecida por la última
hora. Vaclav me sacó de mi observación sacudiéndome la mano otra vez.
- “El poeta”.
Fui yo, entonces, el que le apretó los dedos. Me molestaba el tener que depender de él como si fuera
un niño. Me miró con sorpresa.
- ¿Qué pasa? ¿No lo ves? Allí, allí... – me señaló medio molesto
por mi falta de observación.
Entonces me di cuenta de que, tras un grupo de árboles y arbustos, se veía una pareja. Me llamó
la atención la mujer con ramas verdes de mirto y yedra en la cabeza y una túnica plisada que le bajaba
por el cuerpo. Me pareció que levantaba una mano para llamarnos. Pero no, seguía como estática
dejándose envolver por el azul de la noche.
- Es el poeta Guillaume y su mujer o, en todo caso, su musa inspiradora...
Vaclav parecía hablar de paso, sin interesarse demasiado en la escena; de hecho me llevó por otro
camino. Aquella escena, extraña también por las enormes flores encarnadas que rodeaban a la poética
pareja me pareció absolutamente irreal, cada vez más mientras nos alejábamos, cada vez más
mientras se iba oscureciendo el cielo y el bosque. Una luna mágica y redonda se asomó entonces entre
las ramas. Me quedé encandilado mientras proseguíamos el extraño itinerario de las pinturas.
Llegamos finalmente hasta una llanura extendida y ocre, un desierto en absoluta calma. Apenas cinco o seis estrellas,
sin titilar, estaban suspendidas en la altura. Desde médanos lejanos creí ver una fosforescencia
blanquecina que vibraba alargándose por todo el horizonte. Era la única señal de movimiento
en ese espacio de arena sin vida. Alguien dormía cerca; la distancia no era mucha, pero la trasparencia
de la oscuridad me permitía ver una figura de mujer. Es seguro que me moví con gesto de curiosidad,
porque Vaclav enseguida me aclaró:
- “La gitana” – y ya me tironeaba del brazo para que prosiguiéramos nuestra caminata nocturna.
Percibí enseguida que el desierto se estremecía con un rugido y, luego, con el ronronear ritmado
de una respiración ronca. Junto a la gitana dormida un león husmeaba sonoramente. Apreté con
miedo la mano de Vaclav que reaccionó de inmediato.
- No hay nada más manso que un león pintado..., ¿no te das cuenta? Apenas si nos va a ver
con su ojo de vidrio amarillo.
Pasamos y, efectivamente, la escena estaba paralizada en su atmósfera inmóvil de silencio y el ronroneo
de la respiración terminó con una tos áspera de Vaclav. A nuestro paso, la gitana no movió
siquiera un pliegue de su curioso vestido de colores y el león siguió olfateando sin vernos.
Mientras tanto, desde las dunas distantes, desde el reflejo del horizonte, llegó a nosotros una sencilla
melodía de mandolina. Yo estaba seguro de escucharla; y poco a poco la música fue llenando ese aire
quieto con su tristeza. No puedo decir si caminamos mucho o poco hasta encontrar el borde de la noche y del desierto.
Seguramente lo que corría era la ilusión del tiempo. Y también desde la ilusión, de
pronto, como espejismo de colores, apareció un oasis que abría ramas y hojas de las formas más
bellas.
Se bamboleaban grandes achiras azules; detrás, una mujer espléndida de cabellos largos se desperezó
despertando en su diván de terciopelo; sin hablar, nos invitaba a la aventura de la selva. Yo sabía
que todo era simplemente una ilusión, pero trataba de explicarme a mí mismo cómo es que no
podía sustraerme a ella.
Mi amigo me volvió a tironear de la mano que nunca me había soltado.
- “El sueño” – musitó, y su voz era parte de esa fantasía.
Entramos a un mundo de penumbra y extrañeza en el que la luz, amaneciendo, se arrastraba sigilosa con animales
exóticos, colas de víbora, aliento de leona, párpado de elefante, saltos de mandril. La luna
se mantenía alta todavía. La música de un cuerno opaco comenzó a tantear el aire, indicándonos
el camino paso a paso.
Llegamos a una laguna; sobre su espejo plateado se reflejaba apenas el perfil oscuro de una figura humana envuelta
en pieles; tocaba un flauto suave, mientras se movían silenciosos, para no perturbar la melodía,
gruesos reptiles negros.
• “La encantadora de serpientes”.
Se respiraba el olor agrio a follaje húmedo. Me sentí atraído por esa música del alba,
y hubiera preferido que nos sentáramos a escuchar. Pero todo tenía que seguir sucediendo al ritmo
frágil de la pintura.
Caminamos. Caminamos hasta que el cielo se hizo día con el sol. Macizo, anaranjado, se levantaba sobre las
flores gigantes que, con su luz, rebosaban de colorido. Era la mañana de la selva. Los ojos se nos tenían
que acostumbrar ahora al nuevo espacio que nos abría la claridad desde lo alto.
De pronto Vaclav se detuvo y me sacudió la mano. Me quedé estupefacto. Un leopardo atacaba a un negro.
Mi amigo movió apenas la cabeza, y sospeché que, tal vez, no era así. La bestia estaba demasiado
tranquila y me imaginé que le estaría lamiendo mansamente las heridas que el negro se habría
hecho, de seguro, con las plantas espinosas de la cercanía. Todo podía tener una explicación
de crueldad y belleza al mismo tiempo.
Seguimos como si la escena nos hubiera dejado indiferentes; por lo menos Vaclav caminaba impávido. Llegamos
a una cascada; allí la vida transcurría en la paz de la convivencia, hermosos negros con antílopes
gráciles y arbustos gigantescos, la paz que la maravillosa paleta de un artista puede lograr.
Habíamos caminado la noche entera, creo, y estábamos en un claro del bosque. De pronto se me ocurrió
que la vuelta sería difícil, y sentí algo así como un temor difuso, un desaliento que
no podía explicar. En realidad no estaba cansado, pero tenía la certeza de que los sueños
me habían llevado lejos. No sé si Vaclav me percibió esa inquietud en los dedos, pero me habló
como si hubiera entendido.
- Estamos por llegar al final de nuestro recorrido.
Traté de disimular mi preocupación con una sonrisa. Alzó su mano con la mía para indicarme
las rocas que aparecían junto a los últimos árboles del bosque. Como si estuviera flotando
en el aire traslúcido de la mañana, había un niño sentado en aquellas piedras. A medida
que nos fuimos acercando, advertí que no era un niño; tal vez, un enano; parecía más
pequeño por el modo de sentarse con las piernas colgando y la vestimenta infantil. Vaclav quiso decirle
algo. El niño enano, en un gesto muy de adulto, señaló detrás del montículo
rocoso.
Allí estaba, en efecto, la calle del puente y el poeta esperando nuestro regreso. Al vernos, me pareció
que movía la cabeza con un gesto de aprobación o agradecimiento. Pero no articuló palabra,
como si la espesa barba negra le impidiera hablar.
Me sentí sorprendido y miré una y otra vez a Vaclav y a Rousseau, como para encontrar la explicación
de este final tan repentino del extraño paseo.
Vaclav comenzó a caminar con su ensimismamiento a cuestas mientras carraspeaba como para decir lo que no
iba a decir. Seguí con él, siempre de la mano, los pocos pasos que había entre la calle del
puerto con su barco de mástil embanderado y los largos pórticos del museo. Otra vez salones y escaleras.
Llegamos a la puerta principal. Con su voz ronca repitió algo ininteligible que yo interpreté como
Rousseau... Rousseau... Entonces me soltó la mano.
7
Esa noche volví a la incómoda posición del efebo desnudo con un pesado canasto de uvas negras.
Vaclav me hizo mirar para el otro lado, de modo que no podía ver cómo trabajaba; apenas le seguía
los movimientos con el rabillo del ojo. Tampoco veía el retrato de Rousseau. El velón humeante titubeaba
en la penumbra dando movimiento a las sombras de la habitación.
Todo era móvil en esa media luz, y Vaclav se agitaba al mismo ritmo. Había encendido su pipa, pero la pobre estaba
ahora abandonada en un ángulo de la mesa. El humo débil me traía el olor intenso del tabaco
hasta la nariz. Me sentía molesto. Necesitaba decir cualquier cosa para atraer la atención del pintor.
Se le cayó algo, entonces aproveché para volverme. Vaclav me miró enseguida como si hubiera
cometido una infracción. Balbuceé una frase, y no me dejó siquiera terminarla.
- No es nada, el pomo de blanco.
Se agachó para recogerlo y me quedé observándolo. Se volvió hacia mí.
- ¿Qué pasa?
- No..., no..., te quería preguntar nomás... – Me volví a la posición requerida para
no enfrentarme con sus ojos. - ¿Fuiste modelo de Rousseau?
Vaclav se quedó sorprendido; después se rió apenas un instante con sus ronquidos de tabaco.
Se volvió a concentrar en la pintura.
- Sigamos. El canasto un poco más alto.
Volví a mi posición torturante. La respiración de Vaclav era afanosa. Sentí el silencio
tan molesto como las sombras nerviosas que proyectaba el velón. Suspiró.
• Me escapé a París cuando tenía diecisiete años.
Lo miré. Se enderezó, tomando distancia del caballete. Dejó sobre la mesa la paleta y el pincel.
Echó la cabeza hacia atrás. Entonces vi cómo su barba hirsuta, sus ojos verdes, su frente
despejada, se fundían en el retrato del maestro.
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