Adán Buenosayres
de Leopoldo Marechal (argentino)


Como en su primer día el mundo brotaba del amor y del odio (¡salud, viejo Empédocles!), y el mundo era una rosa, una granada, una pipa, un libro. Puesto entre la solicitud del sueño que aún gravitaba sobre su carne y el reclamo del mundo que ya le balbucía sus primeros nombres, Adán consideró sin benevolencia las tres granadas en su plato de arcilla, la rosa trasnochada en su copa de vidrio y la media docena de pipas yacentes que descansaban en su mesa de trabajo: «¡Soy la granada!», «¡soy la pipa!», «¡soy la rosa!», parecieron gritarle con el orgullo declamatorio de sus diferenciaciones. Y en eso estaba su culpa (¡salud, viejo Anaximandro!): en haber salido de la indiferenciación primera, en haber desertado la gozosa Unidad...
Adán cerró de nuevo los ojos y el universo de su cuarto volvió a la nada. «¡Que se jorobe!», refunfuñó, imaginando afuera la disolución de la rosa, el aniquilamiento de la granada y el estallido atómico de la pipa. Quizás, y al solo cerrarse de sus ojos, también la ciudad se habría disipado afuera, y se habrían desvanecido las montañas, evaporado los océanos y desprendido los astros como los higos de una higuera sacudida por su fruticultor...
Incorporándose a medias Adán Buenosayres alargó su mano hasta el revoltijo de pipas que lo llamaba desde la mesa: eligió a Eleonore, la del tubo de guindo y el horno de porcelana; espaciosamente la llenó de aquel tabaco salteño que sería su alma de un minuto; y encendiéndola con arte aspiró el alma de Eleonore, la expiró luego y vio cómo se retorcía en el aire, dragón de humo. Recobró en seguida la dulce horizontal del sueño y de la muerte, y paladeó entonces la delicia de fumar en su cubo cerrado y en aquella penumbra donde se descarnaban las formas hasta parecerse a números...
Adán Buenosayres acarició in mente aquellas figuras de su niñez: ni las viejas imágenes ni los conflictos nuevos arraigaban en aquel trabajado comienzo de su día, sobre todo ahora que la pipa Eleonore, fumada en ayunas, lo embarcaba en la sutil, en la nobilísima, en la poética embriaguez del tabaco. «¡Gloria al Gran Manitú», recitó en su alma, «porque ha dado a los hombres la delicia del Oppavoc!» Más aún, al influjo de la hoja sagrada su yerta voluntad parecía reanimarse: consideró nuevamente los objetos de su cuarto, y esta vez la granada y la rosa le merecieron un interés que llegaba casi hasta el elogio (splendor formae!); luego volvió sus oídos al fragor de la calle, pero inclinado ahora no sabía él a qué suerte de benevolencia...
Adán Buenosayres abandonó la pipa Eleonore que ya se le enfriaba entre los dedos, y contempló sus manos, dos cosas grises y muertas acabadas en cinco puntas grises y muertas...
Irguiendo el torso nuevamente, Adán repasó la granada y la rosa, las pipas fraternales, los libros en sus anaqueles. Detuvo luego su mirada en el Cristo de Lezo crucificado entre el sol y la luna, estampa familiar que había traído de Pamplona...
Volvió a calarse el vilipendiado sombrero, y maquinalmente palmó en sus bolsillos cachimba y tabaquera.«Ganas de fumar. No hacerlo ahora en pipa. ¡Ojo a las del zaguán! ¿Sombrero y pipa? Sería tentar al demonio de la calle. Comprar cigarrillos en “La Hormiga de Oro”. Sí, pero Ruth...¿Y qué? Un oasis en el desierto.»
...mister Chisholm, con su pipa en la diestra y su vaso en la siniestra, escuchaba el rumoreo del salón como quien oye canturrear la lluvia. Y sus ojos grises, como alucinados, recorrían los dibujos del flamante papel, en el cual era dado admirar un torbellino de pájaros verdes que tendían sus alas en un cielo de sangre. Voces agresivas resonaron de pronto en el salón y lo hicieron volver de su ensimismamiento...
Ya tranquilo, mister Chisholm descendió los peldaños de la escalerita; y despidiéndose de su whisky doble con un beso agotador, se puso a revolver el engrudo, sin abandonar su pipa que humeaba otra vez llena de tabaco y optimismo...
Mister Chisholm se sintió aislado en su cielo de sangre: apuró su vaso, y estaba seco; chupó su pipa, y estaba fría...
—¡Salvajes! —rezongó mister Chisholm entre dientes y pipa.
...
Sustrayéndose a su contemplación y al desaforado juego de las imágenes, Adán se dirige a su mesa, carga una pipa de horno ancho y la enciende. Un vellón de humo sube al techo: «¡Gloria al Gran Manitú, porque ha dado a los hombres la delicia del oppavoc!» ...
La pipa, turnada casi en ayunas, le produce una embriaguez gemela del silencio y la luz («por eso la hoja seca es sagrada»).
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Adán Buenosayres vuelve a cargar su pipa: llueve otra vez con fuerza detrás de su ventana.
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Adán Buenosayres tantea distraídamente su bolsillo en busca de pipa y tabaquera. Inútil. Olvidadas.

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