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Adán Buenosayres |
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Como en su primer
día el mundo brotaba del amor y del odio (¡salud, viejo Empédocles!), y el mundo era una rosa,
una granada, una pipa, un libro. Puesto entre la solicitud del sueño que aún gravitaba sobre su carne
y el reclamo del mundo que ya le balbucía sus primeros nombres, Adán consideró sin benevolencia
las tres granadas en su plato de arcilla, la rosa trasnochada en su copa de vidrio y la media docena de pipas yacentes
que descansaban en su mesa de trabajo: «¡Soy la granada!», «¡soy la pipa!»,
«¡soy la rosa!», parecieron gritarle con el orgullo declamatorio de sus diferenciaciones. Y en
eso estaba su culpa (¡salud, viejo Anaximandro!): en haber salido de la indiferenciación primera,
en haber desertado la gozosa Unidad... Adán cerró de nuevo los ojos y el universo de su cuarto volvió a la nada. «¡Que se jorobe!», refunfuñó, imaginando afuera la disolución de la rosa, el aniquilamiento de la granada y el estallido atómico de la pipa. Quizás, y al solo cerrarse de sus ojos, también la ciudad se habría disipado afuera, y se habrían desvanecido las montañas, evaporado los océanos y desprendido los astros como los higos de una higuera sacudida por su fruticultor... |
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Incorporándose a medias Adán Buenosayres alargó
su mano hasta el revoltijo de pipas que lo llamaba desde la mesa: eligió a Eleonore, la del tubo de guindo
y el horno de porcelana; espaciosamente la llenó de aquel tabaco salteño que sería su alma
de un minuto; y encendiéndola con arte aspiró el alma de Eleonore, la expiró luego y vio cómo
se retorcía en el aire, dragón de humo. Recobró en seguida la dulce horizontal del sueño
y de la muerte, y paladeó entonces la delicia de fumar en su cubo cerrado y en aquella penumbra donde se
descarnaban las formas hasta parecerse a números... Adán Buenosayres acarició in mente aquellas figuras de su niñez: ni las viejas imágenes ni los conflictos nuevos arraigaban en aquel trabajado comienzo de su día, sobre todo ahora que la pipa Eleonore, fumada en ayunas, lo embarcaba en la sutil, en la nobilísima, en la poética embriaguez del tabaco. «¡Gloria al Gran Manitú», recitó en su alma, «porque ha dado a los hombres la delicia del Oppavoc!» Más aún, al influjo de la hoja sagrada su yerta voluntad parecía reanimarse: consideró nuevamente los objetos de su cuarto, y esta vez la granada y la rosa le merecieron un interés que llegaba casi hasta el elogio (splendor formae!); luego volvió sus oídos al fragor de la calle, pero inclinado ahora no sabía él a qué suerte de benevolencia... |
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