De Moby Dick de Herman Melville
Capítulo IV

Stubb era el segundo oficial, y dotado de un inalterable buen humor, patroneaba su ballenera con mano firme y segura. Cuando llegaba el momento culminante de la lucha con el cetáceo, manejaba el arpón de una manera inexorable y fría. Una pipa corta pendía siempre de sus labios, y era más fácil imaginárselo saltar de la litera sin su nariz que sin su pipa.
Sobre una repisa tenía una larga serie de ellas, bien cargadas y al alcance de la mano, y al vestirse, en lugar de meterse los pantalones se ponía la pipa entre los dientes.

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Tan pronto como Stubb desapareció, Ajab se estuvo un rato apoyado en la amurada y luego llamó a un marinero de guardia para que le trajera su taburete de marfil y su pipa.
Sentado bajo el farol de bitácora, se puso a fumar.
Pasaron algunos instantes, mientras el humo salía a chorros de su boca, que el viento le devolvía a la cara. "El tabaco ya no me calma, mal tengo que andar para que ni siquiera la pipa me sirva de consuelo -pensaba-. Inútil, me parece que no volveré a fumar."
Y tiró al mar la pipa, todavía encendida, que chisporroteó al caer al agua. Con el sombrero calado hasta las cejas, Ajab reanudó sus paseos sobre cubierta.




Imágen: del artista Gustav Rehberger, para una portada del libro en 1956 (www.efimera.org)