De Las aventuras de Tom Sawyer
de Mark Twain (estadounidense)

El Terror de los Mares había traído una hoja de tocino y llegó aspeado bajo su pesadumbre. Finn el de las Manos Rojas había hurtado una cazuela y buena cantidad de hoja de tabaco a medio curar y había aportado demás algunas mazorcas para hacer con ellas pipas. Pero ninguno de los piratas fumaba o masticaba tabaco más que él.
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Poco a poco fue cesando la conversación y se iban cerrando los ojos de los solitarios. La pipa se escurrió de entre los dedos de Manos Rojas y se quedó dormido con el sueño del que tiene la conciencia ligera y el cuerpo cansado.

Después del desayuno se tendieron a la sombra, mientras Huck se regodeaba con una pipa, y después echaron a andar a través del bosque, en viaje de exploración.
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Los chicos dieron la vuelta alegremente y tornaron a sus juegos con entusiasmo, hablando sin cesar del estupendo plan de Tom y admirados de su genial inventiva. Después de una gustosa comida de huevos y pescado Tom declaró su intención de aprender a fumar allí mismo. A Joe le sedujo la idea y añadió que a él también le gustaría probar. Así, pues, Huck fabricó las pipas y las cargó. Los dos novicios no habían fumado nunca más que cigarros hechos de hojas secas, los cuales, además de quemar la lengua, eran tenidos por cosa poco varonil.
Tendidos, y reclinándose sobre los codos, empezaron a fumar con brio y con no mucha confianza. El humo sabía mal y carraspeaban a menudo; pero Tom dijo:
-¡Bah! ¡Es cosa fácil! Si hubiera sabido que no era más que esto hubiera aprendido mucho antes.
-Igual me pasa a mí -dijo Joe-. Esto no es nada.
-Pues mira -prosiguió Tom-. Muchas veces he visto fumar a la gente, y decía: «¡Ojalá pudiera yo
fumar!»; pero nunca se me ocurrió que podría. Eso es lo que me pasaba, ¿no es verdad, Huck? ¿No me lo has oído decir?
-La mar de veces -contestó Huck.
-Una vez lo dije junto al matadero, cuando estaban todos los chicos delante. ¿Te acuerdas, Huck?
-Eso fue el día que perdí la canica blanca... No, el día antes.
-Podría estar fumando esta pipa todo el día -dijo Joe-. No me marea.
-Ni a mí tampoco -dijo Tom-; pero apuesto a que Jeff Thatcher no era capaz.
-¿Jeff Thatcher! ¡Ca! Con dos chupadas estaba rodando por el suelo. Que haga la prueba. ¡Lo que yo daría porque los chicos nos estuviesen viendo ahora!
-¡Y yo! Lo que tenéis que hacer es no decir nada, y un día, cuando estén todos juntos, me acerco y te
digo: «Joe, ¿tienes tabaco? Voy a echar una pipa». Y tú dices, así como si no fuera nada: «Sí, tengo mi pipa vieja y además otra; pero el tabaco vale poco». Y yo te digo: «¡Bah!, ¡con tal de que sea fuerte...!» Y entonces sacas las pipas y las encendemos, tan frescos, y ¡habrá que verlos!
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Hablaron poco aquella noche a la hora de la cena. Tenían un aire humilde, y cuando Huck preparó su pipa después del ágape y se disponía a preparar las de ellos, dijeron que no, que no se sentían bien...: alguna cosa habían comido a mediodía que les había sentado mal.
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Se reunieron en el campamento a la hora de cenar, hambrientos y felices. Pero surgió una dificultad: indios enemigos no podían comer juntos el pan de la hospitalidad sin antes hacer las paces, y esto era, simplemente, una imposibilidad sin fumar la pipa de la paz. Jamás habían oído de ningún otro procedimiento. Dos de los salvajes casi se arrepentían de haber dejado de ser piratas. Sin embargo, ya no había remedio, y con toda la jovialidad que pudieron simular pidieron la pipa y dieron su chupada, según iba pasando a la redonda, conforme al rito.
Y he aquí que se dieron por contentos de haberse dedicado al salvajismo, pues algo habían ganado con ello: vieron que ya podían fumar un poco sin tener que marcharse a buscar navajas perdidas...
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Empezaron a relatar sus aventuras a los insaciables oyentes...; pero no hicieron más que empezar, pues no era cosa a la que fácilmente se pudiera poner remate, con imaginaciones como las suyas para suministrar materiales. Y, por último, cuando sacaron las pipas y se pasearon serenamente lanzando bocanadas de humo, alcanzaron el más alto pináculo de la gloria.
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Así, pues, se agenciaron un pico inválido y una pala, y emprendieron su primera caminata de tres millas.
Llegaron sofocados y jadeantes, y se tumbaron a la sombra de un olmo vecino, para descansar y fumarse una pipa.


Imágen: retrato realizado por
Carroll Beckwith en 1890 (http://kclibrary.nhmccd.edu/huckleberry.htm)