Pasajes de Para una tumba sin nombre
de Juan Carlos Onetti (uruguayo)

Juan Carlos Onetti (1909 - 1994) nació en Montevideo, es uno de los más notables escritores uruguayos. Son muchas las referencias a la pipa en su obra literaria.

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Todos nosotros, los notables, los que tenemos derecho a jugar al póker en el Club Progreso y a dibujar iniciales con entumecida vanidad al pie de las cuentas por copas o comidas en el Plaza. Todos nosotros sabemos cómo es un entierro en Santa María. Algunos fuimos, en su oportunidad, el mejor amigo de la familia; se nos ofreció el privilegio de ver la cosa desde un principio y, además, el privilegio de iniciarla.
Es mejor, más armonioso, que la cosa empiece de noche, después y antes del sol. Fuimos a lo de Miramonte o a lo de Grimm, "Cochería Suiza". A veces, hablo de los veteranos, podíamos optar; otras, la elección se había decidido en rincones de la casa de duelo, por una razón, por diez o por ninguna. Yo, cuando puedo, elijo a Grimm para las familias viejas. Se sienten más cómodas con la brutalidad o indiferencia de Grimm, que insiste en hacer personalmente todo lo indispensable y lo que inventa por capricho. Prefieren al viejo por motivos raciales, esto puede verlo cualquiera; pero yo he visto además que agradecen su falta de hipocresía, el alivio que les proporciona enfrentando a la muerte como un negocio, considerando al cadáver como un simple bulto transportable.


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Sonrió y estuvo mirándome, un poco alegre, un poco desconfiado. Sacó la pipa del bolsillo trasero del pantalón.
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Mientras cargaba la pipa me sugirió dos puntos para fijar mi atención.
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-Véame. Tirado en la cama, con esta misma pipa apoyada en el mentón, compartiendo silencioso un secreto, un deseo, con mi imbécil amigo del alma.
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(Estaba en mangas de la popular camisa escocesa mordisqueando la pipa, exhibiendo en un esperanzado simulacro de sonrisa los dientes blancos y agudos. Exigiendo mi condenación. Tal vez le hubiera hecho bien pero no quise dársela ).
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Volvió a sonreírme y yo no comprendía. Se puso a limpiar la pipa para darme a entender que había concluido un capítulo. "Es un mal narrador", pensé con poca pena.
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Pero podemos tomar otro vaso y esperar; ya sé que cada limpieza de pipa señala el final de un capítulo.
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Sopló en la pipa y la guardó en la cadera. -Un trago y me voy -dijo mirando la noche por encima de mi hombro.
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No volví a hablar con Jorge aquel verano; no quería acercarse; me saludaba de lejos alzando la pipa, exagerando la alegría de verme.
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Más grande pero no más gordo, hablando con la enfermera de la mesa de entradas, sonriendo mientras mordía la pipa apagada; esa sonrisa juvenil feroz, mientras el miedo a la vida y la voracidad ocupan sin remedio los ojos.
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Después, midiéndome, se puso a cargar la pipa. Estaba eligiendo el camino más fácil o el más corto.
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Cuando terminó de leer limpió la pipa y volvió a llenarla; sin mirarme, pensativo y calculando con rapidez, como si yo no estuviera allí, pero me encontrara a punto de irrumpir.
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-Bueno -dijo sonriendo; el pelo rubio oscuro le tocaba la sien; chupaba velozmente, sin convicción, la pipa mal encendida.
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