El Capitán Alatriste (Novela)

de Arturo y Carlota Perez-Reverte (españoles)



Novela escrita con la colaboración de Carlota, la hija de Pérez-Reverte.

No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedíes en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura. Tenía mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaína, con que los reñidores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaína, solía decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, a las tripas, una cuchillada corta como un relámpago que no daba tiempo ni a pedir confesión. Sí. Ya he dicho a vuestras mercedes que eran años duros.
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Al oír su pregunta, Álvaro de la Marca se entretuvo en llenarse un vaso con moscatel de la jarra que había sobre un taburete, junto a una larga pipa de barro y una caja de tabaco picado. El moscatel era de Málaga, y la jarra andaba ya mediada porque Quevedo habíale dado muy buen tiento apenas cruzó la puerta, malhumorado como siempre, maldiciendo de la noche, de la calle y de la sed.
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Álvaro de la Marca volvió a encoger los hombros. Había metido tabaco en la pipa de barro y la encendía en el candil. Pipa y tabaco entretenían a Juan Vicuña, quien gustaba de fumar en los ratos que acompañaba a Diego Alatriste. Más, pese a sus conocidas propiedades curativas -harto recomendadas por el boticario Fadrique-, el capitán no era amigo de aquellas hojas aromáticas traídas por los galeones de Indias. Por su parte, Quevedo prefería aspirarlas en polvo.
-Nadie lo sabe -dijo el conde, echando humo por la nariz.
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Recitó, entre dos sorbos. Guadalmedina, que se llevaba la pipa a la boca, detuvo el gesto a la mitad.
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-¿Tiene vuestra merced lo que le pedí? -preguntó Alatriste.
Se ensanchó la sonrisa del conde.
-Lo tengo -había dejado la pipa a un lado, sacando de su jubón un pequeño paquete que entregó al capitán-. Helo aquí.
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-¿Y qué pasa con Olivares? -preguntó Don Francisco.
Guadalmedina hizo un gesto vago. Había vuelto a coger la pipa de barro y chupaba de ella, entornando los ojos entre el humo.
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El capitán no les prestaba atención, ocupado en desenvolver el paquete que había traído el aristócrata. Álvaro de la Marca dio más chupadas a la pipa sin quitarle ojo.
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Francisco sobre los consonantes de un soneto, despachó con excelente apetito el cordero a la miel servido en vajilla de buena loza trianera, pidió una pipa de barro, tabaco, y entre volutas de humo se recostó en su silla, desabrochado el coleto y el aire satisfecho.
-Hablemos de asuntos serios -dijo.
Luego, entre chupadas a la pipa y tientos al vino de Aracena, me observó un instante para establecer si yo debía escuchar lo que estaba a punto de decir, y por fin nos puso sin más rodeos al corriente.
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-El problema -apuntó entre dos chupadas a la pipa- es que todos esos impuestos, destinados a costear la defensa del comercio con las Indias, devoran lo que dicen defender.
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. Demasiados han hecho así fortuna -estudió la cazoleta de la pipa, como si algo allí atrajera su atención-... Eso incluye a altos funcionarios reales.
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-Buen botín para piratas -apuntó Quevedo.
-Sobre todo si consideramos que en la flota de este año vienen otras cuatro naves con cargas parecidas -Guadalmedina miró al capitán entre el humo de su pipa-... ¿Comprendes por qué los ingleses estaban interesados en Cádiz?
-¿Y cómo lo saben los ingleses?
-Diablos, Alatriste. ¿No lo sabemos nosotros?... Si con dinero puede comprarse hasta la salvación del alma, imagínate el resto. Te veo algo ingenuo esta noche. ¿Dónde has estado los últimos años?... ¿En Flandes, o en el limbo?
Alatriste se sirvió más vino y no dijo nada. Sus ojos se posaron en Quevedo, que amagó una sonrisa y encogió los hombros. Es lo que hay, decía el gesto. Y nunca hubo otra cosa.
-En cualquier caso -estaba diciendo Guadalmedina-, importa poco lo que el galeón traiga declarado. Sabemos que carga más plata de contrabando, por un valor aproximado de un millón de reales; aunque en este caso también la plata es lo de menos. Lo importante es que el Virgen de Regla trae en sus bodegas otras dos mil barras de oro sin declarar -apuntó al capitán con el caño de la pipa-... ¿Sabes lo que esa carga clandestina vale, tirando muy por lo bajo?
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Después de eso hubo un silencio incómodo. Álvaro de la Marca miraba su pipa. Al fin la puso sobre la mesa.
-Para cargar esos cuarenta quintales de oro suplementario -prosiguió al fin-, más la plata no declarada, el capitán del Virgen de Regla ha hecho retirar ocho de los cañones del galeón. Aun así navega muy pesado, según cuentan.
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Al oír su pregunta, Álvaro de la Marca se entretuvo en llenarse un vaso con moscatel de la jarra que había sobre un taburete, junto a una larga pipa de barro y una caja de tabaco picado. El moscatel era de Málaga, y la jarra andaba ya mediada porque Quevedo habíale dado muy buen tiento apenas cruzó la puerta, malhumorado como siempre, maldiciendo de la noche, de la calle y de la sed.
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