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Crítica de Puro Humo |
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Guillermo Cabrera Infante, nació en Gibara, Cuba, el 22
de abril de 1929 y falleció en Londres, Inglaterra, el 21 de febrero de 2005. Escritor cubano, naturalizado
británico.
Así nunca voy a dejar de fumar
Este excelente artículo sobre la novela Puro Humo fue escrito
por Malevaje para Ciao! Shopping Intelligence:
www.ciao.es/Puro_humo__Opinion_699126
Efectivamente.
Mal momento he elegido para dejar de fumar. O malas lecturas. Porque este libro es una auténtica delicia.
Puro humo legible, sus páginas desprenden aromas de tabaco de pipa mezcla Burley y Virginia, con notas de
bergamota, vainilla y canela. Recuerdos y matices de puros habanos, dominicanos, canarios, filipinos, centroamericanos
y hasta de Miami. Una historia del tabaco, mitad verídica, mitad apócrifa. E irónica. Y sobre
todo, una auténtica declaración de amor literaria y cinematográfica al tabaco. ¿Empezamos?
Vamos allá. Guillermo Cabrera Infante es un escritor cubano en el exilio londinense al que le encantan los
juegos de palabras. Títulos como “La Habana para un infante difunto”, en el que juega con la obra de Maurice
Ravel (sí, el del Bolero) “Pavana para una infanta difunta”, dan fe de todo esto. Y no quiero dejar de hacer
la advertencia correspondiente: Este libro está lleno de juegos de palabras, cosa que puede entusiasmar
como es en mi caso, o sencillamente hacerse intragable.
Y lo más curioso y a la vez, admirable, es que este libro lo escribió el autor en inglés (con
el título original de Holy Smoke!)*, con sus respectivos giros lingüísticos y juegos de palabras.
Un auténtico escritor bilingüe, que la contraportada de mi edición de bolsillo compara con Joseph
Conrad o Vladimir Nabokov por su habilidad de ser brillante escribiendo en una lengua diferente a la materna. Pero
esos juicios para los eruditos. Cojamos nuestra traducción (hecha por el propio autor) y adelante.
A grandes rasgos, los contenidos fundamentales de este ensayo ya han quedado de manifiesto al final del primer
párrafo. Es una historia del tabaco. O al menos una historia del conocimiento occidental del tabaco, que
comienza con el primer viaje de Colón, continua con la introducción del tabaco en Europa en sus diferentes
variantes de puro, pipa, rapé y cigarrillos y finaliza con la situación actual (en 1985, fecha del
original inglés) del tabaco, por lo que ha quedado bastante obsoleto. Esta historia está atiborrada
de citas y situaciones, en gran parte apócrifas, que le quitan veracidad pero le añaden buen humor,
brillantez y ritmo narrativo. Entre las cuales está, como no, la anécdota de Sir Walter Raleigh (que
narra William Hurt al estanquero Auggie Wren (Harvey Keitel) y a los demás parroquianos en la película
(como no) “Smoke”. Se dice que Sir Walter apostó a la reina Isabel I que era capaz de pesar el humo (estamos
a finales del siglo XVI, principios del XVII, las balanzas de precisión aún no se habían inventado
y faltaban muchos años para que Lavoisier y su Ley de Conservación de la Masa hicieran acto de presencia)
**. Para lo cual pesó con el mayor mimo un cigarro puro, anotando cuidadosamente el dictamen de la balanza.
A continuación lo fumó, teniendo cuidado de dejar caer todas las cenizas sobre el platillo de la
balanza. Una vez finalizada la combustión, pesó cenizas y colilla. ¿La diferencia? El peso
del humo...
Es una declaración de amor al tabaco. Fundamentalmente de amor a los cigarros puros, de los que el autor
se confiesa fumador habitual. Una declaración en la que en los preliminares se explican las partes componentes,
tripa, capote y capa, se exponen los diferentes tipos de cigarros puros, desde los panetelas hasta los coronas,
pasando por churchills, los robustos y los lonsdales, y se finaliza dando un recorrido por la geografía
mundial del puro. ¿Hay vida después de los habanos? Hayla, hayla... Y en este libro también
se dan apuntes sobre otras especies y especimenes relacionados con la “Nicotiana Tabacum”. Pipa, rapé y
cigarrillos tienen su sitio en este libro.
Pero fundamentalmente este libro es un ensayo sobre el tabaco en el cine y en la literatura. Y para abreviar, haré
únicamente una breve referencia de cada especie fumable más destacada, para no hacer infumable de
puro (humo) farragosa y prolija la lectura de la opinión.
Los cigarrillos. Tan presentes en el cine clásico y tan denostados en la actualidad, donde el único
fumador es el malo de la película. ¿Qué habría sido del cine negro sin los pitillos
de Humphrey Bogart o la sensualidad de Lauren Bacall? Iconográficamente habría cambiado mucho, ya
que es casi imposible imaginar cualquiera de estas legendarias películas sin humo y sin tabaco. Cine negro,
de gangsters fumadores y detectives que echaban humo y no precisamente por las orejas. El Halcón Maltés,
El Sueño Eterno, Tener y no Tener... Cine de vampiresas que hacían el amor al pitillo, en una época
en la que las películas pusieron de moda el fumar...
La pipa. ¿Qué habría sido de Sherlock Holmes sin su particular cachimba? (A todo esto, recuerdo
alguna opinión buenísima de Guinevere sobre el inquilino de Baker Street). Parece elemental, querido
Watson, que nada habría sido lo mismo. Caballeros ingleses que ven pasar la vida desde sus elitistas clubs,
esperando el retorno de Phileas Phogg. ¿Qué habría sido del Capitán Acab sin su pipa,
antes y después de arrojarla en un ataque de furia al mar ante la desesperación producida por la
ballena blanca? Como fumador que he sido, bueno soy, esto... ya veremos si lo sigo siendo... de pipa, reconozco
que es una auténtica gozada todo el ritual que lo acompaña. La compra y selección del tabaco,
aromático o no. La elección de las hebras para la confección de la pipa. Los fósforos
especiales para su encendido. Las caladas espaciadas pero continuas para evitar que se apague. Y la limpieza y
mantenimiento. La pipa no es para personas aceleradas, debe fumarse con calma y disfrute... por eso arrojó
la pipa el viejo marino de Melville, cuando se fuma con prisas o preocupación no se disfruta.
Y finalmente el puro. Hasta aquí quería llegar (y voy a llegar porque no quiero que esto sea demasiado
largo). Dice Cabrera Infante que dos han sido los grandes fumadores de puro en la historia del cine. Uno de ellos,
el gran Edward G. Robinson, una de las caras más reconocibles del cine de gangsters. Y el otro es mi admiradísimo
Groucho Marx. Érase un hombre a un puro pegado. Junto con Churchill (Winston)***, y Fidel Castro (el Che
Guevara no era un gran fumador, lo que pasa es que pasó a la historia precisamente en ESA foto) , uno de
los rostros a los que se les asocia rápidamente al puro. No me imagino a un Groucho persiguiendo a Margaret
Dumont sin su cigarro en la mano, cortejando (es un decir) a las damas sin su sonrisa pícara y su puro entre
los labios, leyendo partes contratantes sin su cigarro entre los dedos... y tantos ejemplos. Y es que el puro es
a Groucho lo mismo que su bigote pintado. Son condiciones necesarias, son ya parte del personaje.
Y bueno, qué quieren que les diga. Que me apetece muchísimo una pipa. Y que soy débil y caigo
en las tentaciones con facilidad. Que aún me queda parte de la lata de tabaco Dunhill que me compré
en el aeropuerto y que voy a comenzar por enésima vez el ritual. Perdonen si no me levanto, mejor dicho,
perdonen si me levanto para dedicarme a su correspondiente fumada. Porque hay cosas que requieren exclusividad,
y la pipa (hay otras, ¿eh?) es una de ellas.
(*) Es una exclamación de Cary Grant en una película de los años 30. Según el autor,
el actor que mejor ha fumado en pipa de toda la historia del cine.
(**) Y es curioso que tanto Raleigh como Lavoisier acabaron perdiendo la cabeza. ¿Una teoría acaso
descabezada? Eso deberían pensar en su momento los que empuñaban el hacha o manejaban la guillotina.
(***) Un fumador que podría haberse fumado a sí mismo en dos variedades, si bien siempre se decantó
por fumarse su apellido y no su nombre.
Fotos: del autor: www.albaceteliterario.com, del libro: www.ciao.es