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Pasajes de
Las aventuras de Sherlock Holmes |
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Eché una mano
a los mozos que limpiaban los caballos y recibí a cambio dos peniques, un vaso de cerveza, dos cargas de
tabaco para la pipa y toda la información que quise sobre la señorita Adler, por no mencionar a otra
media docena de personas del vecindario que no me interesaban lo más mínimo, pero cuyas biografías
no tuve más remedio que escuchar. ... –Como regla general ––dijo Holmes––, cuanto más extravagante es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Son los delitos corrientes, sin ningún rasgo notable, los que resultan verdaderamente desconcertantes, del mismo modo que un rostro vulgar resulta más difícil de identificar. Tengo que ponerme inmediatamente en acción. –¿Y qué va usted a hacer? ––pregunté. –Fumar ––respondió––. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos. |
Se acurrucó en su sillón con sus flacas rodillas
alzadas hasta la nariz de halcón, y allí se quedó, con los ojos cerrados y la pipa de arcilla
negra sobresaliendo como el pico de algún pájaro raro. Yo había llegado ya a la conclusión
de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, cuando de pronto saltó
de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa sobre la repisa
de la chimenea.
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Se acurrucó en su sillón con sus flacas rodillas
alzadas hasta la nariz de halcón, y allí se quedó, con los ojos cerrados y la pipa de arcilla
negra sobresaliendo como el pico de algún pájaro raro. Yo había llegado ya a la conclusión
de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, uando de pronto saltó
de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa obre la repisa
de la chimenea. Fotografía de Arthur Conan Doyle |
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