|
Elogio de la cachimba
Un excelente artículo de ALBERTO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ
IVÁN MATA
Publicado en www.hoy.es
30/11/08
En mi frecuente
deambular por Badajoz, callejeando por sus rincones para descubrir detalles nuevos en sus viejas casas, reencontrar
amigos del pasado, hallar otros nuevos, o entablar un rato de charla con los pintorescos personajes que por ellos
pululan, son muchas las ocasiones en que alguien se refiere a mi costumbre de fumar en pipa.
Unos se interesan por los secretos de su uso, siendo muchos los que evocan haberla utilizado alguna vez para dejarla
al poco debido a la dificultad para mantenerla encendida, calentamiento o picor de boca, y otros inconvenientes
que, por falta de experiencia, en lugar de en un placer, convertían su uso en un tormento. Otros se interesan
por las propias pipas, inquiriendo detalles sobre modelos y precios. O sobre los trucos de un buen llenado o encendido
de la cachimba; tipos de tabaco; forma de encenderla, y cosas semejantes.
Algunas cuestiones son recurrentes. Por ejemplo: ¿Cuántas pipas tienes? ¿Cuándo empezaste
a fumar en pipa? ¿No te da calor en verano? ¿No se te apaga? ¿Cómo puedes hablar con
ella en la boca? ¿Cuales son las características de una buena cachimba? ¿Es lo mismo una cachimba
que una pipa? ¿Son mejores las rectas o las curvas? ¿Cuánto te dura una fumada?¿Con
la cachimba se fuma más, o menos que con los cigarrillos?. A todas respondo exponiendo mis experiencias
y exaltando las ventajas y el gran placer que, sobre otras modalidades, proporciona fumar en pipa.
Frente a los meramente interesados o curiosos, no faltan los intransigentes que, unos con espíritu protector
y otros con insolente autoritarismo, me espetan de modo tajante: ¿¿Por qué no dejas ya de
fumar?! A los que siempre respondo lo mismo: Porque está prohibido.
A los que me sugieren el abandono de la cachimba impulsados por el interés hacia mi salud, o la autoridad
que les confiere la amistad, y no por la impertinencia, les doy, además, explicaciones adicionales, señalando
que fumar en pipa acompaña, sirve de pasatiempo, relaja, ayuda a pensar, aclara las ideas, hace grata tu
presencia por el buen aroma que expandes alrededor, y hasta calienta las manos en invierno. Y por si fuera poco,
certifica que eres buena persona, pues quien deja tras sí rastro tan acusado, es claro que no puede dedicarse
a cometer fechorías, pues inmediatamente resultaría identificado y apresado. Aunque siempre se corre
el peligro de ser detenido simplemente si te cogen fumando.
Y finalmente, que frente a los demás fumadores, el de pipa tiene sobre ellos la doble ventaja de que fuma
menos y de que fuma más. Aseveración que al principio extraña por contradictoria, pero que
enseguida se entiende en cuanto se explica.
La cuestión es esta: Por un lado, que el fumador de pipa fuma menos que los de otras modalidades, en el
aspecto cuantitativo; pues, aparte el diferente tipo de tabaco y de fumada (el de pipa jamás se traga el
humo y raramente lo pasa por la nariz ) cualquier usuario normal de cigarrillos o puros consume comparativamente,
en una semana, por ejemplo, bastante más cantidad de tabaco que los cincuenta gramos de una bolsa que al
de la pipa le dura casi ese mismo tiempo, a razón de dos o tres buenas pipas diarias de más de una
hora de duración.
Y por otro, que fuma más. Pues, en relación sobre todo con el usuario de cigarrillos, que en su gran
mayoría los encienden de manera automática, rutinaria o compulsiva, casi sin advertir que lo están
haciendo, y sin obtener prácticamente placer con ello, el fumador de pipa se recrea en cada pipa que fuma;
acto que solo es posible realizar con tranquilidad y calma, tras el ceremonioso ritual que requiere el proceso
de llenado, atascado, y encendido de la pipa, dedicándole luego la atención que la fumada exige.
Lo que significa que cada pipa fumada es un acto voluntario disfrutado de modo consciente, ya que nadie saca una
pipa ya preparada del bolsillo y se pone a fumarla por las buenas sin reparar en que lo está haciendo.
Como ocurría con los fumadores de antaño, aquellos que echaban el pitillo durante un alto en la faena,
o en la solana de un poyete, que antes de consumirlo debían cumplimentar el meticuloso ritual de abrir la
petaca, verter en la palma de la mano la porción justa de picadura, apartar cuidadosamente las estacas,
extraer un papel del librillo, realizar el ejercicio de habilidad que significaba liar el cigarro, alisar el canutillo
formado para darle la compacidad precisa, pasar la lengua por uno de los bordes para proceder a su pegado, retorcer
sus extremos y humedecerlos en el grado exacto, y por fin, darle fuego con el chisquero de mecha amarilla. Un largo
proceso, cada uno de cuyos pasos requería una atención que servía de prólogo y estímulo
para el placer que se esperaba de la primera bocanada.
Razones todas que, como antes fumar de petaca, hacen hoy del fumar en pipa un arte, una ciencia, un rito, una práctica
que imprime carácter, una condición que suscita espíritu de cuerpo entre sus afines, y ejercicio
altamente beneficioso a nivel social, pues crea ciudadanos pacíficos y tranquilos de los que se sabe que
jamás se dedicarán a la delincuencia, por impedírselo, precisamente, su condición de
gente fácilmente identificable.
Por cuanto antecede, aún en el muy improbable caso de que el terrible delito de fumar dejara algún
día de estar tan perseguido y castigado, con mayor rigor que los crímenes más atroces, por
cuanto significa de ejercicio de libertad, que es otro de los atractivos que refuerza el gusto de fumar -en pipa
o de cualquier otra manera- yo seguiré echando humo con mi cachimba mientras paseo por las calles de Badajoz,
hasta que Dios quiera. Porque son tantas las satisfacciones que mi pipa me proporciona, que voluntariamente no
voy a dejarla nunca.
A Gonzalo, mi cachimbero de cabecera, y a mi inefable colega Paco Morán
Para acceder al artículo original y una imágen
del mismo pulse el mouse en la siguiente dirección: www.hoy.es
|